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MEMORIA DE LOS CUERPOS {CUERPOS Uno} A Sofía Rodríguez I
Cuerpos, hay que abolir el tiempo, regresar a la esfera. Sólo el círculo salva y no hay sino la urdimbre fantasmal de los regresos y los viajes, las huidas.
Se huye. Uno se vuelve sombra fatigada y se disloca, se cuartea la huesumbre, el alma se acongoja y pierde su condición de almario donde las penas y el amor que se extravió hace mucho custodian su vigilia permanente a la espera del sueño, del regreso corpóreo de lo ido.
Sombra ya como caída y yerta, como badajo de campana que suena y suena sin sonido alguno, como camión destartalado y sin siquiera pasaje funeral a los olvidos. Sombra que ya perdió su propia sombra en la búsqueda atroz de tantas sombras --memoria fantasmal, fantasmas al acecho y en fuga circular hacia la nada.
Sólo el círculo salva, Cuerpos, su peculiar demencia de formas despiadadas salva y lo salvífico, después, se expande en los infiernos, se desarrolla y se machaca y clama su condición desesperada de naufragio. Sólo el círculo ofrece la certeza de que lo huyente volverá algún día.
Fervor hacia los cuerpos, las caídas. La esfera es lo ejemplar de lo radiante, la luz inmaculada y fría que se asesina con mirada dura --y mira, los cuerpos tan amados que se abaten en la niebla hasta volverse sed o agua apenas vislumbrada, vislumbres que lo que ya dejó de ser corpóreo ofrece en gesto de piedad o desconsuelo {no se sabe o se sabrá jamás el peso de la noche cuando todo cae encima de uno {y lo degüella.
Palpa el demente nada pero palpa, con avidez, la nada y sorbe lo fantasmal que permanece de los cuerpos cuando huyen y sorbe entre los huesos el hueco que dejaron y sorbe la caída y sorbe los contornos de lo ido y lo quedado --lo perenne, lo fijo e inmutable, pero también, lo que se pierde. lo que se deja abandonado o lo que se abandona a sí mismo y desguarece, lo extraviado, lo que se hizo a un lado o se tiró porque ya no servía pero de todos modos se quedó atorado en la conciencia.
Conmiseración por el que yace perdido entre la bruma, Cuerpos, el que deambula en los jardines como lunático perdido en su inocencia {fe perdida, razón de la añoranza}, en su rotunda necedad de ser cuerpo cercado por los cuerpos sombríos del recuerdo.
Fe en la contemplación de cuerpos de mujer que organiza el espíritu, acechador de carne y de zarpazo, para el descanso de su ánima tristona. Fe en el descenso de las aguas y fe en la limpieza de la carne y en lo pecaminoso que, a veces, se guarda en el espíritu, fe en la degustación de líquen y de pasto entre lo impropio del perdón que llega y la impiedad, que se resiste a irse.
Manías del extraviado en los espejos que contempla los cuerpos congelados, la salvación hecha un desastre y envuelta en su envoltorio de cascajo, la mortandad que avanza y que no cesa de incrementar volumen. Sólo el círculo salva, Cuerpos. No crujan, no estampen la estampida en lo cuarteado, lo que se desmorona y cae y se hunde sin remedio. Lo pasional escurre como un cilindro seco y ya sin música, y el que tocaba el instrumento falleció hace ya tiempo de afónica nostalgia y ahora tartajea su adiós de cilindrero ladrando en el silencio, alma en crisis que se integra a la noche y se sumerge en ella.
Sólo lo quieto salva y purifica, Cuerpos, lo móvil contamina y roe ácidamente todo lo que semeja cuerpo o imagen susceptible de volverse cuerpo.
(No hay salida. Los muertos rondan los espejos y no cantan, palpan lo que oscurece y silban mucho).
No crujan. La esfera es, dicho con toda propiedad, lo eterno, lo cristalino y puro que endurece lo que llamamos lo eternal --morada fija o duradera pasión de allí quedarse siempre y sin mudanza alguna, vida y muerte quietas, sombra ensimismada que se adentra en el cristal y permanece entera, crepitante
Crujan. En lo eternal el tiempo no transcurre, el devenir deviene en lentitud pasmada, en detenida cualidad de nada, en incorpóreo cuerpo de vidrio machacado.
No crujan, pero chirrien, cuerpos que están después de haberse ido, como el aire, como la luz, inmóviles, en detención suprema, lejanos en el tiempo, cautos, a la espera de que algo los sostenga siempre colgados de las sombras que salen de las lámparas, fieles, como estatua obligada a custodiar su sueño, a ser eternamente igual que al tiempo de su origen.
Crujan, pero no olviden que, a veces, chirrian las ovejas y que el metal, tiernísimo, susurra vagamente o bala sus pesares o su destino es triste. Chirrien o agiten las campanas o cabalguen por el ancho mundo, pero no olviden que el olvido es una cosa dura, pegajosa, difícil de olvidar aunque se quiera
(Cuerpos, la esfera es lo abisal, la condición de la demencia, la sensación de que la nada es todo y él todo es un señor que muere vuelto nada)
El círculo es la perfección palpable, Cuerpos, el tiempo que se va pero regresa siempre, como agua que se estanca entre ladrillos viejos, enmohecidos, espejo de la sed de lo corpóreo que permanece, inalterable, inmune a los desgastes, cuerpadamente míos, eternales, consumación de los amantes en lo abstracto.
(Amor, a fin de cuentas, es vacío}
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